miércoles, 10 de diciembre de 2025

El amar y querer, o enamorarse (para bien) de alguien que no existe

Cuando era más menor, existían dos cosas que me acomplejaban: mi apariencia y mi soltería. No eran cosas de las cuales una menor de ocho años debiera preocuparse, sobre todo cuando una de ellas, referente al peso, terminó por no ser culpa mía sino de mi sistema. Pero la idea de que todo esto era culpa mía me sofocaba al punto de tomar pastillas cuando apenas si mi cuerpo se empezaba a desarrollar, a hacer dietas para luego dejarlas por la "poca fuerza de voluntad" y luego vomitar. Sin embargo, la historia de mis interminables problemas con la comida no será la protagonista de esta historia, sino que es el complejo número dos que nombré aquí, que es, mi soltería.

Recuerdo aún la forma en que, a tal edad de ocho o nueve años, las niñas del curso presumían de ya ir teniendo pareja, la más popular presumía tener una relación con un chico de secundaria, aproximadamente y si bien le iba, de doce años. No nos dábamos cuenta del peligro de aquella afirmación en ese entonces, solamente veíamos con envidia cómo Valeria ya había debutado en la vida amorosa, en las relaciones afectivas. En tanto a mí se me hacía burla por mi apariencia, por mi gordura, diciéndome incluso que "no habrá quien la bese", que "se va a quedar soltera para siempre", cuando apenas teníamos ocho o nueve años.

 Entonces, dada la presión que se me imponía por tener una pareja, aun cuando no sentía nada por ninguno de mis compañeros o compañeras, cuando —y hoy día por fin lo admito— todas las veces que decía que tal persona me gustaba era solamente una mentira para encajar en esa pequeña sociedad estudiantil que se esforzaba en que todos nos sintiéramos atraídos a alguien, por supuesto que iba a caer ante el primer aprovechado que se me cruzara.

El primero fue el novio de una amiga, pero afortunadamente no pasó a más. El patán fue tan imbécil como para invitarme a su casa y no poder ofrecerme un vaso de agua, un poco de comida, ni siquiera la hora, mientras él se atiborraba de guiso y de refresco, antes de tratar de llevarme a su cuarto donde intentó fallidamente algo más. Eso sí, yo me llevé unas cuantas películas que creo ya ni siquiera conservo. Pero lo que me llevó a tal atrocidad, a tal traición a una amiga a la cual ya no pude dirigirle la mirada otra vez, a pesar de que jamás se enteró, fue ese maldito pensamiento. «Si no es él, ¿quién?».

Así fue como llegó él a mi vida, lo conocí en un foro de una banda popular, y citándonos para pasear en el centro de la ciudad, y poco a poco empezar una relación, que a la larga me costó mi salud mental, mis ganas de vivir, mi libertad y casi seis años de mi vida que me envejecieron terriblemente a su lado. Violencia psicológica, física, sexual, para descubrir de la peor forma que el sujeto tenía un fetiche con las chicas de dieciséis años, la edad justa que yo tenía cuando lo conocí, la edad que aparentaba cuando entré a mis diecinueve, solo para que el estrés al final me hiciera ver de treinta a mis veintidós.

Me costó sanar, la tarea de olvidar y tener a la vez presente todo se volvió cansada, hasta que volví a tomar las riendas de mi vida, encontrar un trabajo, hacerme cargo de una hija por mi cuenta, y todo fue viento en popa hasta que ese fantasma del pasado volvió. No necesariamente él, sino la idea de estar sola, de no tener pareja. Las palabras de mi madre resonaban en mi cabeza, «mejor pelear con alguien diariamente que estar solo», que le dijo a mi hermano cuando también mostró su indiferencia a la idea de tener pareja.

Intenté, juro por mi Dios que lo intenté, pero cada vez veía más los inconvenientes para una persona como yo de tener pareja. Incompatibilidad de creencias, falta de compromiso por mi situación de maternidad en soltería, falta de compromiso conmigo, entre muchas cosas más. Y fue que me di cuenta que nadie jamás me amaría de la forma que idealicé. Estuve de hecho en conflicto con eso hasta encontrar paz al respecto hasta hace poco unos meses.

La idea de un personaje en 2D para enamorarme no fue nueva tampoco. Era a fin de cuentas un hobby más, un personaje admirado cayendo por un personaje de auto inserción, hasta que me di cuenta que solamente así podría proyectar el amor que idealicé para mí. Y sé que suena enfermo, pero logró mantenerme estable, logró mitigar la voz de «si no es él, ¿quién?» que me pudo jugar peor en un futuro cercano. Los hombres me empezaron a dar miedo tras cada fracaso, las mujeres me empezaron a dar igual tras cada intento, pero la sensación del control que me da escribir, el saber que solamente recibo el amor que quiero recibir, el trato que quiero tener, era liberador. Los hombres dejaron de dar miedo y las mujeres retomaron su importancia. Mi vida se balanceó.

Básicamente, me di cuenta de que estuve recibiendo migajas en todo este tiempo, que aprendí el valor que yo tenía tras haber sufrido toda la despersonalización que pude en un periodo tan corto, después de ser violentada, negar y luego aceptar con dolor el ser una sobreviviente. Y darme cuenta, solamente así, que la idea del amor solamente me atrajo porque yo amo de esa forma intensa, elocuente y atenta, pero me estresa el solo concepto de hacer a alguien partícipe en mis mañanas, en mis ritos, en mis momentos. Me estresa y desespera la sola idea de convivir con alguien más que salidas casuales, pláticas para mantenernos al día. Las amigas nos damos regalos, nos damos abrazos y unos cuantos besos en las mejillas y la frente. Los abrazos los recibo de mi hija, entonces ¿por qué necesito una pareja si todo ya lo tengo cubierto?

Proyecté entonces el amor que doy, de forma de que lo reciba de tantas personas pueda, amistades, familia, etc. Y el amor de pareja me dio tanto igual, que preferí escribir sobre personajes ficticios dándome también ese amor. No negaré que no fue un sueño desde más menor el vestir de novia, dar mis votos en una iglesia. Pero puedo hacer eso por mi cuenta, no necesito a nadie más. Y mi decisión se mantiene firme, y no por eso me amo menos, o me siento no merecedora de amor. Al contrario, ¡me merezco todo el amor del mundo! ¡Por eso todo el mundo me lo da! Pero más importante, me amo yo, y porque yo me amo, elijo definitivamente enamorarme de alguien que no existe, porque es alguien que jamás defraudará, que no me dará dramas a menos que yo lo desee. 

Me amo tanto que decidí tomar el control de esa parte de mi vida, porque para empezar yo jamás elegí activamente el compartir mi amor con alguien más. 

 


 

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